Tengo #miedo de cerrar los ojos

¿Alguna vez tuvieron una pesadilla? No me estoy refiriendo a las clásicas pesadillas de cuando uno es chico en las que corremos porque alguien nos persigue y nos pesan las piernas, y nos caemos, y nos volvemos a levantar y no queremos mirar para atrás porque sabemos que en cualquier momento quien nos está persiguiendo nos va a agarrar, y nos despertamos con un sobresalto en el momento mismo en que nos agarran de un tobillo. No, no me refiero a eso. Estoy hablando de una pesadilla mucho más visceral.

Son esas que hacen verdaderamente que te cagues en las patas. Esas que te hacen saborear no ya el miedo, sino el pánico. Esas que te dejan mal durante buena parte del día siguiente a haberlas tenido, y cuyo recuerdo se mantiene vívido durante al menos dos o tres días más. Eventualmente la sensación de vacío en el estómago se va diluyendo, para después permanecer lejana, como una molestia latente que en los días húmedos nos recuerda sobre ese lugar donde alguna vez tuvimos una herida de la hostia.

Este tipo de pesadillas a las que me refiero no son lo que son porque acontezca una tragedia. Va más allá. Son fuertes por lo que representan, porque ahí, donde no podemos ver, cerca nuestro, está el terror más vivo.

Mi pesadilla, contada, es muy pelotuda. Estábamos en el viaje de egresados de quinto año en Bariloche y después de cenar, bañarnos y tomarnos unos tragos de licor de anís, bajamos para esperar a que se hiciera la hora de ir todos caminando al boliche con el coordinador. Como en cualquier viaje de egresados, uno duerme como el orto y después te terminás durmiendo en el colectivo que te lleva a las excursiones, en la cama mientras esperás que tus compañeros de cuarto se bañen, o (como en este caso) en un sillón del salón de estar del hotel mientras esperás para salir.

La pesadilla fue así: yo estaba parado en el medio de la oscuridad. No había nada. Y cuando digo nada me refiero a que no se veía ni escuchaba nada. Entonces me doy cuenta de que no estoy solo. No lo escucho. Solo lo sé. Algo (y no alguien) está ahí conmigo en la oscuridad más profunda. Me paralizo. No puedo mover ni un dedo. Entonces dos brazos me abrazan desde atrás a la altura del estómago, apresando mis brazos a los lados de mi cuerpo. En ese momento reacciono y empiezo a tratar de mover los brazos pero no puedo, lo que sea que me tiene agarrado es demasiado fuerte. Empiezo a pensar en gritar, no para pedir ayuda sino de miedo, de bronca, de frustración. No puedo. Siento como si el pecho se me hundiera cuando trato de respirar y apenas me entra un hilo de aire suficiente para seguir oxigenándome. Entonces otro par de brazos que también vienen desde atrás me empiezan a golpear en el pecho con las bases de los puños. De nuevo, no los veo. Solo los siento golpearme. Una y otra vez, alternadamente y con golpes pesados. Me doy cuenta de que eso que me tiene apresado con un par de brazos, también me está golpeando con un segundo par de brazos. Empiezo a desesperarme más y más. El terror me gana. No puedo zafarme. No puedo escaparme. No puedo defenderme. No puedo gritar. Casi no puedo respirar. No puedo ver nada. Solo escucho el rítmico y aterrador PUMP-PUMP-PUMP-PUMP que hacen esos puños al golpear sobre mi pecho. En un momento dado, dos segundos, dos minutos, dos días o dos siglos después me despierto de un sobresalto. Debo estar blanco como un papel pero nadie lo nota. Están todos en otra, hablando y cagándose de la risa. Lo único que atino a hacer es a levantarme y caminar hasta la puerta de vidrio del hotel y ponerme a mirar para afuera, como si necesitara una dosis de realidad mundana para sacarme de encima esa puta pesadilla.

Les dije que la pesadilla era muy pelotuda. Pero para mí fue la peor pesadilla que tuve. No por la oscuridad. No por sentirme apresado o golpeado. Fue por lo que eso que me tenía agarrado representó en ese momento. No tengo manera de describir lo que representó, y ni siquiera estoy seguro de poder recordarlo. Pero me hizo caminar por la cornisa del pánico.

Algo parecido le pasó a mi señora hace no más de tres meses atrás. En este momento estamos separados desde hace un mes (no sé si es exacto porque prefiero no mirar el calendario). Hace más de un año que veníamos mal y terminamos tomando la decisión de separarnos hace como un mes. No voy a entrar en este tema, pero debo mencionarlo porque hace a lo que voy a contar.

Una noche mientras estaba acostado desde hacía más de una hora y media intentando dormir sin poder lograrlo, la empiezo a escuchar quejarse, despacio al principio, pero gradualmente aumentando la intensidad. El quejido se convirtió en lamento y el lamento rápidamente en un grito angustiado y bajo,  sofocado y ahogado, sin aire. En seguida en la incompleta oscuridad del cuarto le toco el brazo pero no se despierta. Le muevo el brazo con movimientos cortos y rápidos.

- ¡Romi! ¡Romi!
- Tuve una pesadilla horrible. – me dice en un quejido cuando logro despertarla
- Ya pasó. Está todo bien. Fue un sueño nada más.
- Fue horrible... horrible...
- Pero ya está. Ya estás despierta ahora. ¿Querés que prenda la luz? ¿Querés un poco de agua?
- No. Abrazame por favor.

Me acerqué y estando ella boca arriba le pasé el brazo por encima y me quedé así, acariciándole con la mano derecha el hombro y la parte superior del brazo izquierdo. Y entonces me dijo una frase que me hizo caer en la cuenta de que ella acababa de tener una de esas pesadillas. Que acababa de dar un vistazo a eso que representa la suma de todos sus miedos más profundos y desgarradores:

- Tengo miedo de cerrar los ojos.

La abracé más fuerte y le volví a decir que ya estaba todo bien, que ya había pasado. Que no iba a volver a soñar con eso y que podía descansar. Que yo iba a quedarme abrazado a ella toda la noche. Y así lo hice. Por primera vez en casi dieciocho años pasé las siguientes 5 o 6 horas abrazándola.

A pesar de la pesadilla ella pudo volver a conciliar el sueño, pero yo prácticamente no dormí. Dormite por momentos, sí, pero mayormente me mantuve despierto durante lo que restó de la noche preguntándome por qué carajo había esperado tanto tiempo para permitirme el placer de algo tan simple como dormir abrazado a ella.

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