Solo le falta hablar

Cualquiera que tenga una mascota alguna vez dijo o pensó la frase “solo le falta hablar”. Están los que tienen una mascota por el simple hecho de tenerla, pero que lo mismo les da tener un perro, un gato o un helecho. Y después estamos los que sabemos que somos responsables por esa vida, y que lo tomamos como parte de nuestra familia. Ojo, yo no soy de los que tratan a los perros o a los gastos como si fueran personas, pero tampoco puedo entender a los que los tratan como si fueran cosas.

Cuando yo era chico en casa de mis Viejos hubo una bóxer llamada Canela. La tuvimos unos cuantos años, desde recién destetada de la madre hasta que se tuvo que ir. Una vez quisimos ver con mi Vieja qué es lo que hacía si le hacíamos creer que ella me estaba pegando. Para que se entienda, mi Vieja es la que estaba con ella todo el día, la que la bañaba y la que le daba de comer. Aun así, cuando mi Vieja hizo de cuenta que me daba el primer golpe en la espalda, Canela se puso en dos patas y la estampó contra la pileta de lavar la ropa. El chistecito le dejó la cadera doliendo durante un par de días.

Canela compartió 12 años con nosotros. Al final ya se veía que ya no estaba bien. Pero el día en que decidió que era momento de irse, esperó a que toda la familia estuviese en casa, y recién ahí se dejó ir con la tranquilidad de saber que estábamos todos.

Unos años después la perrita del negro Elio, un amigo, tuvo cachorros y me ofreció llevarme uno. Y así es como la tuvimos a Blixa. El nombre le vino por Blixa Bargeld, cantante de Einstürzende Neubauten. Si bien yo tenía un par de CDs de la banda no es que fuera un fanático, pero el nombre me pareció que cuadraba. Blixa era de auténtica raza Perro y no debía medir más de 20 centímetros del piso a la cruz (la parte superior del lomo), pero lo que le faltaba de tamaño lo tenía de huevos. Era guardiana y no le tenía miedo a nada. Una vez le llevamos un perro del barrio (que tenía más o menos su tamaño) para que la sirviera, y el pelotudo se la quedó mirando como si no tuviera idea de lo que se suponía que tenía que hacer. Blixa se le puso adelante y le “explicó” lo que tenía que hacer. Ni con eso el boludo del perro la terminó sirviendo. Blixa vivió más de 14 años.

Cuando nos casamos con mi señora al poco tiempo compramos una gatita siamesa. Maui le pusimos de nombre. Yo soy más de los perros que de los gatos, a pesar de que en casa de mis viejos hubo perros, gatos, cotorritas, tortugas de agua, hamsters, ratitas de laboratorio y hasta un conejo. Pero en la casa de los Viejos de mi señora tenían una gata y en ese momento pareció lo más lógico para tener en el departamento. Lamentablemente al parecer la gatita no había sido desparasitada y se terminó muriendo a menos de una semana de tenerla en casa.

A los pocos meses decidimos tener una perra. Pensamos en qué tipo de perro tenía que ser sabiendo que en un par de años íbamos a buscar tener familia, y nos decidimos por una Labradora. Nappy vino a casa con apenas 47 días. Durante los primeros años fue la reina y señora de la casa. Pero con el tiempo llegó la primera de las nenas. Me acuerdo que cuando vinimos del sanatorio a casa mi señora se me puso a llorar en el garaje, adentro del auto. No quería bajar porque tenía miedo de que Nappy no reaccionara bien con la bebé. Pero no fue así. La perra tomó a la nena como una cachorra y estaba siempre pendiente de ella. Hasta nos venía a avisar que la nena se había despertado cuando la dejábamos durmiendo en el moisés en la habitación. Menos de dos años después vino la menor, y la perra siguió siendo el peluche gigante de ambas. Siempre le estuvimos encima para que no la lastimaran y para que no le hicieran nada a lo que la perra pudiera reaccionar. Pero la única reacción de la perra a lo sumo era irse tranquila al baño para que no la jodieran.

Las dos nenas se pararon por primera vez agarradas del lomo de la perra. Y me cuesta recordar si la primera palabra de la más chica fue “mamá”, “papá” o “Nappy” (si bien era algo más parecido a “mappiiii”).

Y todo esto viene a que ayer cuando la fui a sacar a la noche, saqué de paso la bolsa de basura. Vivo en un tercer piso, así que abrí la puerta de la escalera y dejé la bolsa en el tacho de ahí, y la miro a Nappy y le digo:

- Dale, vamos.

Nappy ya va a cumplir 13 años. Está grande y se le nota, por más que sigue teniendo el temperamento de una cachorra en algunas cosas. La cosa es que la perra me miró, miró el ascensor, y me volvió a mirar. El mensaje era clarísimo: "Bajemos mejor por el ascensor, que ya no estoy para andar bajando escaleras". Y eso me hizo acordar a la parte de Marley y yo donde Owen Wilson lo está paseando a Marley ya de grande, y después de subir una pendiente el perro se queda parado, cansado por el esfuerzo. Entonces él se le sienta al lado y le dice algo así como:

- Te cansaste. No hay problema. Sentémonos a descansar un poco y disfrutemos de la vista.

Cuando la perra me miró ayer para que fuéramos en ascensor, salvando las distancias, me hizo acordar a eso. Y me hizo dar cuenta de que ya está grande y de que dentro de poco ya no va a estar. Con mi señora sabemos que va a ser duro para las nenas, porque ambas se criaron con la perra. Pero en última instancia es parte de la vida y es parte de crecer. Pero ayer mientras caminaba por la calle con la perra, me dieron ganas de darle las gracias. Ella no tiene manera de entenderme, pero por un momento estuve genuinamente a punto de darle las gracias por todo.

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