Nunca digas que el café está frío…

Cuando terminé la secundaria trabajé durante algo así como un año y medio en un pub de Quilmes. Entré a través de un amigo que estaba trabajando de cocinero en el lugar. Arranqué como lavacopas. Laburaba sólo los viernes y sábados desde las 22 hasta el cierre, a eso de las 8 AM. No tenía fines de semana pero el laburo estaba bueno y nos divertíamos bastante. Además para el tipo de laburo que era me pagaban relativamente bien.

Con el paso de las semanas fui aprendiendo los pormenores del trabajo, como por ejemplo que los vasos de trago largo siempre se lavan bien porque pueden llevar diferentes tipos de licores con diferentes olores. Pero en cambio a los vasos de cerveza basta que se les lave bien el borde y la parte de afuera; la parte de adentro se enjuaga así nomás con agua porque de todos modos, va a volver a llenarse con cerveza.

Al poco tiempo mi amigo salió de la cocina para pasar a reemplazar a un mozo que había renunciado, y quedando su puesto vacante yo pasé a ser el cocinero. Mi puesto de lavacopas lo cubrió la hermana menor de mi amigo, así que la cocina seguía quedando como en familia.

Como cocinero no eran muchas las exigencias: picadas, hamburguesas, panchos y tostados. Eventualmente podía venir algún descolgado a pedir algo un poco menos común, pero mayormente eso era el grueso de lo que me encargaba de cocinar. Como cocinero sacaba unas hamburguesas completas que hoy en día hubieran hecho furor en Instagram. ¿Por qué? Porque eran así: arriba de la hamburguesa iba el jamón, arriba iba el queso y entonces metía la hamburguesa en el tostador de sándwiches para que el queso se derritiera un poco, y no sabés como quedaba. Arriba de eso iba una hoja de lechuga, después una rodaja de tomate, y rematando todo eso, 4 o 5 pepinillos puestos como los rayos de una rueda de bicicleta. Obviamente la tapa del pan la ponía a un costado y boca arriba para no tapar esa obra maestra.

Sin embargo también supe aprender técnicas menos… higiénicas. Una vez tuve que preparar un pancho completo, que llevaba jamón y queso derretido en el tostador de sándwiches. Cuando lo quise sacar me quemé los dedos con el queso derretido y al sacar la mano de un tirón (por acto reflejo), salió el pancho volando, con la mala leche de que no solo cayó en el piso sobre el lado del queso (como lo define una de las leyes de Murphy) sino que para peor cayó encima de todas las migas que acabábamos de barrer unos minutos antes. ¿Cómo salvar el pancho? Saqué lo que pude de lo que se le había pegado al queso derretido, le puse 3 fetas más de queso de máquina, lo mandé otra vez al tostador para derretir el queso agregado, y de ahí directo a la mesa. Es lógico que el mozo me mirara con cara de no entender un pomo cuando le dije:

- Pancho completo… ¡bien cargadito!

Después estaban los pedidos especiales. Eran esos que cuando venía el mozo me decía por ejemplo…

- Una hamburguesa completa… especial(y me guiñaba un ojo)

El mensaje era clarísimo. El que había pedido la hamburguesa le caía como el ojete. Por supuesto los caballeros no tienen memoria y los desquiciados como yo no tenemos curiosidad por estos hechos. Yo nunca pregunté nada. ¿Se había volteado a su hermana? ¿Le había soplado la novia? ¿Lo había dejado como un pelotudo delante de otros? ¿No le solía dejar propina? ¿Era el mozo un antisocial de mierda que simplemente disfrutaba haciendo estas boludeces? Yo no preguntaba. Simplemente preparaba el pedido: una hamburguesa especial.

Al poco tiempo me ascendieron a cafetero. Ahí me tocó salir de la cocina y pasar al mundo de la barra, donde estaba la acción. La hermana menor de mi amigo pasó a ser la cocinera y a su vez su puesto lo cubrió un pendejo que no sé de dónde vino. El tema es que la hermana de mi amigo tendría apenas 15 años, y se había desarrollado… bastante ya. O sea que el pendejo este estaba todo el tiempo alzado y con los ojos inyectados en un líquido viscoso y blanquecino. Cuestión que entre mi amigo y yo teníamos que andar turnándonos para que el pendejo no se la tratara de trincar en la cocina en un momento de descuido.

En la punta de la barra estaba el jefe de barra, un amigo de los dueños que era más lo que les consumía por noche de Fernet-cola, que lo que le pagarían de sueldo. En el medio de la barra manejando la caja y haciendo sociales con el 80% de la gente que venía, siempre estaba uno de los cuatro dueños. Y al final, cerca de la puerta de la cocina estaba yo con Abelarda (la cafetera). No sé quién carajo le puso el nombre, pero así es como todos la llamábamos. Era un poco más grande que la de la foto que agrego al pie, pero se parecía bastante. Como cafetero perfeccioné mi propia creación: la brea. Lo hacía así: ponía café torrado en el cosito de la cafetera… (no me acuerdo como corno se llama eso donde se pone el café que tiene la manija, así que “cosito” sirve), prensaba el café, agregaba más café y lo volvía a prensar. Hasta ahí era igual a cualquier otro café. La diferencia de la brea era que eso de agregar café, prensarlo, volver a agregar, volver a prensar, lo hacía unas 6 o 7 veces, hasta que ya no había manera de prensar más el café. Después calzaba el cosito en el lugar por donde sale el agua caliente, y esperaba a que se llenara medio pocillo. Quedaba tan prensado el café que el agua salía de a gotitas. Cuando llegaba a la mitad del pocillo no solo ya habían pasado por lo menos 8 minutos por reloj, pero lo peor es que en ese punto Abelarda se me quedaba sin presión, así que tenía que cortar porque era al pedo seguir. Las pocas veces que hice una brea fue para mí en realidad, y lo hice entre las 4 y las 5:50, que era cuando no quedaba nadie en el pub porque era el tiempo muerto entre que se iban todos a bailar y la hora en que volvían medio chupados a desayunar. Eso sí, te tomabas una brea y podías vos solo hacerle frente a los 300 espartanos. Era como un concentrado de Red Bull, Speed y Pepsi Kick, todo junto en medio pocillo de café. Lo malo era que te daba una acidez de la concha de la lora, pero no te dormías ni a ganchos.

Una vez me acuerdo que preparé un café y lo dejé en la barra para que lo retirara el mozo. Como tenía varios pedidos tardó unos pocos minutos en llevarlo a la mesa. Tampoco fue taaaanto lo que tardó, pero si unos minutitos. La cosa es que viene al toque el mozo y me dice que el flaco de la mesa le dijo que el café estaba frío. Esa mañana se ve que estaba medio cruzado yo, porque en vez de hacerle un café nuevo, pasé el café a otro pocillo, puse solo agua caliente en el pocillo que había vuelto de la mesa, agarré el asa con un trapo de rejilla y le entré a dar con el vapor de agua de Abelarda. O sea, con el cañito ese medio doblado que se usa para calentar la leche y hacer que tenga espuma. Cuando estuve seguro de que la taza estaba prácticamente a punto de ser moldeada como archilla chirla, tiré el agua, le volví a poner el mismo café que le había preparado antes, y cuando el mozo vino le dije:

- Agarralo del plato solamente.

Durante 10 minutos por lo menos el flaco no pudo ni empezar a tomar su café. Y de seguro debe haber tenido entumecido el labio superior durante todo el día.

Con el tiempo me empezó a romper las pelotas laburar todos los sábados y domingos, así que por más que la pasaba bien laburando en el pub, no me quedó mucha más alternativa que renunciar. Pero todavía recuerdo esas épocas con nostalgia, y tengo guardado el buzo que nos daban con el logo del pub, y un prendedor que también nos daban. Y también me traje una lecherita muy simpática con el logo del bar. La lecherita no nos la daban, pero me la tuve que llevar al irme para poder sobrellevar las largas noches lejos de la querida Abelarda.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Marcá el cuadro de abajo para seguir.