Nueve pares para ocho días

Los hombres somos básicos. OK, no se debe generalizar, así que voy a aceptar que hay un enoooooorme porcentaje de hombres que no son básicos como para quedar liberado de culpa y cargo y poder seguir adelante. Ahora sí, estábamos entonces con que los hombres somos básicos. De chicos nos tiran una pelota adelante y salimos corriendo al grito de “¡Pelotaaaa!”. Después, con el tiempo eso se termina convirtiendo en algo más parecido al “Cerveeeeeeza” de Homero Simpson, pero la naturaleza es la misma. La esencia no cambia. Somos básicos.

Sin ir más lejos, el video de Mark Gungor que referencié hace algunos meses atrás habla en detalle sobre esto (si no lo vieron, se los recomiendo).

Cuando vamos de vacaciones llevamos lo justo y necesario. Entre los 19 y los 30 puede ser que la cantidad de ropa sea mayor, pero es solo porque para el momento del cortejo, el macho humano necesita deslumbrar a la hembra humana acercándose a sus costumbres. Esto en términos mucho más sencillos quiere decir que para poder levantarse una mina, hay que vestirse un poco más decentemente, o por lo menos tratar de que la remera o camisa no se vea como que es la quinta vez que nos la ponemos. Pero a los pocos meses de lograr su cometido y conforme avanza la relación, el macho humano poco a poco vuelve a ser el mismo… a ser ese cascote rústico y básico que siempre fue.

Cuando un hombre va de pesca la cosa es todavía peor. La ropa tiene que entrar en una mochila. Así es como además de con lo puesto, un hombre suele llevar un calzado adicional, tres pares de medias, dos calzoncillos (la lógica dice que las medias tienen más probabilidades de mojarse y es por eso que se suele llevar un par de más), un pantalón/bermuda/short, dos remeras y un buzo. La campera, si es que hay que llevarla, va puesta. Si no hay que llevarla entonces lo que va puesto es el buzo y por ende queda lugar en la mochila como para poner algo verdaderamente de valor, como puede ser una botella de whisky o de vino, o un par de latas de medio litro de cerveza. En el bolsillo externo de la mochila es donde van los artículos de perfumería: jabón, un shampoo chico, desodorante, cepillo de dientes y pasta. Listo, con eso se puede sobrevivir al menos una semana.

Pero cuando hablamos de mujeres, la cosa es muy diferente. Una mochila es reemplazada por un bolso de mano… que tiene más o menos el mismo tamaño pero es cuadrado y suele llevarse como una valija en lugar de colgado en la espalda. En el bolso de mano no va ropa, sino los artículos de belleza: maquillajes varios, sombras, delineadores, rubor, base de día, base de noche, paños demaquillantes, esmaltes, quita esmalte, algodón, shampoo, crema de enjuague, crema de peinar, crema hidratante corporal, crema exfoliante, crema de manos, crema de rostro, pinza de depilar, y algunos otros adicionales que versan sobre la segunda mitad del último de los artículos mencionados. Podría seguir enumerando pero creo que con esto se entiende la idea. Y que conste que a diferencia de la mochila que lleva el hombre, esto no es para ir a un camping. Ni en pedo. Esto es para ir a un apart, a un hotel o a un departamento/casa que se haya alquilado.

Adicionalmente el equipaje suele completarse con el bolso de los zapatos, la valija con la ropa, un par de bolsas “satélite” que se agregan a último momento cuando ya están los bolsos y las valijas cerrados (porque abrirlos equivaldría a jugarse a que toda la ropa guardada a presión salga disparada con apenas abrir el cierre un par de centímetros). Para rematar el kit, es costumbre que se sume un bolso más, de tamaño intermedio, con la ropa que entra en la clasificación de: lo llevo por las dudas. Así es como para dos semanas de vacaciones una mujer fácilmente puede llevar 2 o 3 camperas diferentes, varias carteras, incontables blusas y remeras, e incluso una cantidad de pantalones equivalente a la de calzoncillos que un hombre llevaría para esa misma cantidad de días.

¿Por qué me puse a pensar hoy en todo esto? Porque el sábado volvimos de haber estado una semana en la costa con mi señora y las nenas (7 y 9 años), y después de desarmas las valijas y separar la ropa para lavar, se me ocurrió voluntariarme para sacar lo que había dentro del bolso de los zapatos. Mi señora había llevado, para 8 días, 9 pares de calzado (incluyendo lo que llevó puesto lógicamente). Nueve pares. Eso es el triple de lo que yo llevé:

  1. Las zapatillas con las que fui y volví, que son las mismas zapatillas que usé todo el tiempo, a excepción de cuando íbamos a la playa
  2. Un par de zapatos para la noche del 31 que fue el único momento en que me puse pantalón largo. Aunque dicho sea de paso, no usé los zapatos porque la idea era ir a la playa y como estos zapatos son “los de salir”, preferí no cagarlos y me terminé poniendo las zapatillas de arriba
  3. Las zapatillas de playa. Acá voy a hacer una aclaración: yo no uso hojotas ni sandalias. Tengo una tara mental que me impide usar cualquier tipo de calzado donde los dedos queden al descubierto. Es una tara importante, porque tampoco me gusta andar viendo los dedos de los demás. Para mí los zapatos de mujer solo deberían tener punta cerrada y las sandalias deberían ser erradicadas. Después de todo hoy en día hay zapatillas que son tan livianas y aireadas que cuando caminás sentís más viento pegándote en los pies que si estuvieras en patas propiamente. Si, lo sé… no hay excusas para esta tara que tengo. Pero al menos tengo el derecho de intentar justificarme así que lo hago valer

 

Entonces: tres (3) pares en mi caso y nueve (9) pares en el caso de mi señora. Para ejemplificar, al pie (ya que estamos hablando de calzado) de esta entrada de blog agrego la foto de los calzados de mi señora después de que los saqué del bolso. En la foto falta un segundo par de hojotas, que es lo que ella tenía puesto en el momento en que saqué la foto, pero créanme que el total eran 9 pares.

Yo de soltero tenía un Peugeot 206 base de tres puertas… es decir, sin aire acondicionado. No, no me puse senil y salté a cualquier otro tema… ténganme paciencia y déjenme hilar esto con el tema del que vengo hablando. Ese Peugeot 206 fue el que después nos acompañó en los primeros años de casados, y fue el mismo que seguimos teniendo hasta hace algo más de un año atrás. Ese auto nos llevó a mi señora, a mis nenas, a la perra (una labradora) y a mí, en un viaje de nueve horas y media hasta San Bernardo para una Semana Santa en el que a todos los boludos se nos ocurrió salir de Buenos Aires rumbo a la costa atlántica a las 6 de la mañana. Nueve putas horas y media a pleno rayo del sol, en la ruta, con las dos ventanillas bajas pero sin que entrara ni siquiera una brisa de aire caliente. Y la perra sentada en el medio del asiento de atrás, con la lengua afuera y respirándome a 20 centímetros del oído durante todo el viaje. Cada vez que miraba por el espejo retrovisor del medio me encontraba con los ojos de la pobre perra, que parecía preguntarme constantemente “¿Falta mucho?”.

Cuestión que para ese viaje de 5 días el ensamblado de las valijas en el baúl fue un trabajo meticuloso y realizado a conciencia… una tarea de ensamble digna de competir con proyectos de ingeniería aeronáutica. En ese momento pude confirmar como es que todo en la vida termina teniendo un sentido. Me refiero a la manera en que muchas cosas que aprendemos de chicos, más adelante en la vida demuestran haber valido la pena las horas invertidas oportunamente. En mi caso me di cuenta de cuan importantes habían sido todas esas horas jugando al Tetris en mi viejo y querido clon 386. ¡Y después dicen que los videojuegos te vuelven estúpido! ¡Ja, nunca más equivocados!

¿Ahora se entiende por qué cuando tuve la posibilidad de cambiar el auto me fui a una Surán? En el primer viaje que hicimos con la Surán (también a la costa y también con la perra) como le habíamos alquilado el departamento a una vecina, llevamos la aspiradora por el tema de los pelos de la perra. No les miento, cuando terminé de meter todas las cosas en el baúl y pude corroborar que todavía quedaba lugar, me quedé mirando el interior del baúl como un imbécil con una sonrisa dibujada en el rostro. Solo en el garaje, riéndome y mirando valijas y bolsos apilados dentro de un baúl.

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