No me gusta el desorden, pero me jode ordenar

Se que suena raro, pero es así. Me rompe las guindas ver las cosas desordenadas, y tiendo a ordenarlas. Pero la realidad es que no lo hago porque disfrute del proceso de ordenar en sí mismo. No-no. Me hincha tanto las pelotas tener que ordenar como ver las cosas desordenadas. La cagada de es que la única manera de ver todo ordenado es justamente ordenando, así que me la tengo que comer doblada y ordenar. Suena pelotudo pero es así.

A algunos les gusta comer y al mismo tiempo les gusta cocinar. Es lo que en coaching empresarial suelen llamar una situación win-win. Y en contrapartida hay otros a los que les gusta comer pero les rompe los huevos cocinar. En casos como esos la cosa se resuelve fácil: te vas a comer afuera. De esa manera comés lo que se te canta y encima ni lavás los platos. El problemita que tengo yo es que además de que me gusta el orden, tengo algunos TOC (Trastornos Obsesivo Compulsivo), y es por eso que algunas cosas me gusta que estén ordenadas a MI manera.

No quiero ahondar demasiado porque cuanto más me explaye sobre mis taras, más loco voy a parecer. Pero hay cosas que tienen un lugar y una posición definidas. Así es como en el escritorio de mi trabajo el mate, el termo, la taza de los fibrones y el headset están siempre igual. Hasta los cables suelo dejarlos tendidos sobre el escritorio en el mismo lugar y de la misma manera. Y el muñequito de Kenny McCormick que está en la base del monitor siempre está en el medio aunque mirando un poco hacia el lado de la ventana porque me pone nervioso que me mire fijo todo el día.

Cuando guardo la laptop en la mochila, me tomo el trabajo de enroscar el cable del cargador tranquilamente y después lo ato con la cinta con abrojo que trae. Y el kindle tiene su propio bolsillo en la mochila y siempre va guardado en la misma posicion.

En la cocina las espumaderas y los cucharones van colgados en un orden. De más largo a más corto, de izquierda a derecha, intercaladas las largas y las cortas. Hace más de 12 años que cada vez que la señora que viene a ayudar con la limpieza las deja en cualquier orden después de sacarlas para pasarle un trapo al caño en el que están colgadas. ¿Pero que puedo decirle?

- Matilde, cuando saque todo esto para limpiar, fíjese de ponerlo en el orden en que está ahora, ¿si? Si quiere le hago un dibujito y lo guardo en este cajón, o si prefiere le puede sacar una foto con el celular. Mucho mejor eso, ¿no le parece?

Prefiero cerrar el culo y reordenarlo yo, porque es una persona de confianza y no da tener que buscar a alguien más porque ella al día siguiente llame para decir que decidió dejar de venir por miedo a que yo un día la corte en pedacitos y la guarde en el freezer... ordenadamente por supuesto.

Y el detergente... ¡uf!... el detergente. A ver, alguien se rompió la cabeza pensando en la forma que debe tener la tapa dependiendo de la forma del envase. Entonces, ¿por que carajo dejarlo destapado? No va a evaporarse, lo se. Pero ¿y si se tumba? Y aun si no se tumbara, ¡tiene una puta tapa! ¿O no?

Cuando me casé me llevó 5 años lograr que mi esposa tapara el detergente. 5 años. Si, es cierto, el loco soy yo. Durante los primeros meses lo tapaba yo, suponiendo que viéndolo siempre tapado ella iba a empezar a taparlo también. Después empecé a sugerirle que lo tapara. Varios meses más adelante pasé a pedírselo abiertamente. Llegué a hacerle un vestido de papel al detergente Cif, con una cara sonriente pegada por detras y una leyenda que decía "Tapame por favor". Pero todos los intentos fueron en vano, hasta que un día cuando ella iba a lavar los platos no encontró el detergente. Entonces me dice:

- ¿No hay mas detergente?
- Si. Está en el baño del escritorio - nosotros le llamamos pomposamente "escritorio" a una habitación de servicio que está al lado de la cocina, y que tiene un bañito
- ¡¿Y que hace el detergente en el baño del escritorio?! - preguntó ella con el aval de la razón de su parte, por qué negarlo
- Lo dejé yo ahí. - y ante su mirada descolocada agregué - Es que así como a vos no te preocupa taparlo a mí tampoco me preocupa guardarlo allá.

Es cierto que nunca más lo dejó destapado, pero tambien es cierto que fue un milagro que no me haya mandado a la mismísima reconcha de la lora. Si, más que una santa. Visto en retrospectiva fue una solución bastante radical para un problema muy pelotudo pero de nuevo, tengo mis TOC.

Hay gente que se tira como una morsa a ver la tele y es capaz de mirarse entero un programa que no le interesa, solo por no levantarse a buscar el control remoto. Hay otros que sistemáticamente dejan tirada la ropa sucia al costado de la bañera. Otros dejan las tazas usadas en la pileta de la cocina sin lavarlas y sin siquiera tirarles un poco de agua adentro para que no se pegue el cafe. Y otros dejan las puertas de los placares abiertas. Yo por ejemplo era de estos últimos, pero como parte de la negociación tácita del detergente y otras obsesiones mías, aprendí a incorporar cosas como lo de cerrar las puertas de los placares, levantar y volver a bajar la tapa al ir a mear, limpiar la patinada de mierda en el inodoro, o dedicarle diez o quince segundos a enguajar el jabón antes de cerrar la ducha para sacarle los pendejos que le quedan pegados.

Bueno, a riesgo de ser sincero varias de estas costumbres ya las tenía incorporadas por haberme criado en una casa donde la cantidad de hombres y mujeres era la misma (madre, padre, hermana y el ganso que está tipeando esta entrada de blog). Decididamente eso me preparó psicológicamente para lo que mas adelante me iba a deparar el destino: ser padre de dos nenas. Si fuese un tipo religioso pensaría que algo le hice al de arriba, y que me mandó las dos bellezas que tengo por hijas para cagarse de risa de mí. No me quejo. Como dicen los gringos: fair enough.

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