Lo lamento por los camellos, pero hoy no hay pasto

En casa con mi señora tenemos ciertas tareas claramente auto-asignadas. Cuando viene gente por un cumpleaños, ella suele ser la que se queda charlando en el comedor mientras yo paso casi todo el tiempo en la cocina preparando las cosas y llevándolas. Tengo sangre española por padre y madre, así que no solo soy cabeza dura y exagerado, sino que además si invito a alguien a comer, me aseguro de que se vaya tapado de comida. Y si además tenemos en cuenta que como dije, soy exagerado, suelo comprar comida y bebida a lo pavote.

Con respecto a las tareas domésticas, mi señora lava los platos y yo los seco. Ella prepara las viandas de las nenas en la mañana pero yo soy el que prepara el jugo y corta la comida y la guarda en los tuppers la noche anterior. Y mientras mi señora se encarga de algunas cosas, de otras tantas me encargo yo. Y uno de estos últimos casos es la logística de los personajes que mantienen viva la inocencia de nuestras nenas: Papá Noel, los Reyes Magos, y el ratón Pérez. Por suerte en Latinoamérica nos tocó el ratón (Pérez) en vez del hada (de los dientes). Ya bastantes trastornos de personalidad tengo los 5 de Enero en la noche haciendo las veces de tres tipos al mismo tiempo, como para encima tener que impersonar a un hadita saltarina cada vez que se les cae un diente.

Y así es como yo me encargo de la logística. No es que me disfrace, sino que tengo que esperar a que se duerman para por ejemplo ir al cuarto de la que corresponda, sacar el diente, sacar también un poco del queso rallado que le dejó al ratón, dejarle la plata y dejar de paso alguna notita del ratón agradeciéndole por el diente. Una vez a una amiga de la más grande (que para ese entonces tendría apenas 5 años) se le ocurrió decirle en el colegio que si le dejabas una nota pidiéndole una foto, te la dejaba. De puta casualidad que teníamos hacía poco una impresora multifunción inyectora de tinta, que nos había venido con unos papeles de tipo fotográfico de muestra. Tuve que buscar en Google Images alguna imagen del ratón Pérez de la película, imprimirla, y después pedirle a mi señora que sea ella la que le escribiera la carta pero con letra de imprenta en lugar de manuscrita, por las duda que le pudiera reconocer la letra. Mi letra es verdaderamente una mierda, o sea que por más que hubiese intentado escribir en imprenta, en manuscrita, o en chino mandarín, mi nena se hubiera dado cuenta de que esos trazos inmundos no podían pertenecer a nadie más que a papá.

Con los reyes el folclore va por el agua y el pasto para los camellos, y el jugo y las galletitas para ellos. Con las galletitas zafamos, porque siempre algo en casa hay como para dejar. A ver… solo tienen que estar en el plato el tiempo suficiente hasta que las nenas se duermen. En ese momento viene papá y las guarda para que no se humedezcan, porque las galletitas húmedas son un asco y después no las quiere comer ni la perra. Con el paso de los años el jugo se transformó en agua. No es nada contra los reyes. Solo que me empezó a romper los huevos tener que volver a tirar el jugo en la jarra y a la mañana siguiente tener que lavar, secar y guardar los vasos. Con un poco de agua de la canilla se simplifican las cosas. A la mañana tirás a la mierda el agua, secás el vaso y lo metés de nuevo en el mueble. Y acá nadie vio nada.

Pero los camellos son bichos más complicados che. Yo no sé si es porque como se tienen que bancar la arena del desierto los tipos se ganaron más respeto o qué, pero como que no da ponerles unas galletitas en un plato en el balcón. Mi perra come galletitas. De hecho come cualquier cosa, a tal punto que yo estoy convencido de que su clasificación del mundo que la rodea es “comestible” y “no comestible”. Pero los camellos no comen galletitas. ¿Alguno vio alguna vez a un camello comiendo un pedazo de pan incluso? No, ni a ganchos. ¿Un grisín? Tampoco. Bicho de mierda el camello. Solo come vegetales verdes. Y uno que vive en un lugar donde la flor nacional es el poste de luz, se queda corto de ideas al momento de tener que improvisar. Por casa el único pasto a 6 cuadras a la redonda se limita a unas pocas hebras verdes que asoman en las raíces de los árboles que hay en las veredas. El primer año juntar una cantidad decente de pasto me llevó más tiempo del que había previsto. Al año siguiente ya había aprendido la lección y en vez de pasto las convencí de dejar un poco de lechuga. Era más fácil abrir la heladera que andar por el barrio como un pelotudo tironeando del pastito choto que se esconde bajo las raíces de los árboles de la zona. Con eso la piloteamos dos años si mal no recuerdo. Hasta hoy.

Cuando fue el momento de poner el agua y el pasto, caí en la cuenta de que ayer usamos toda la lechuga para la ensalada de la cena. Por supuesto que ni se me cruzó por la cabeza la idea de salir a buscar pasto como lo hice la primera vez.

- ¿Y si no tenemos pasto ni lechuga que les dejamos a los camellos? – me preguntó la más grande de las nenas poniéndome a prueba, porque ella ya sabe el tema de los reyes Magos y me estaba probando para ver como salía airoso de la situación sin que la más chica se fuera a dormir pensando en que los pobres camellitos podían llegar a pasar hambre

- No pasa nada. Les dejamos solo el agua esta vez, porque igualmente pueden comer pasto en cualquiera de las otras casas. Es como los reyes. Nosotros les dejamos agua, pero hay otros que les pueden estar dejando jugo, o gaseosa, o whisky o vino.

- ¿En serio toman vino los reyes? – me preguntó la más chica

- Y… son gente grande. Pueden tomar lo que quieran siempre que lo hagan con precaución. – Y en ese momento me di cuenta de que me había confiado y por tirar un chistecito estaba empezando a morder la banquina…

- ¿Pero si toman vino después como hacen para ir con los camellos? – me preguntó la más grande, que estaba determinada a ponerme a prueba a toda costa

- Hm… ¿vos decís que si manejan no deberían tomar? Tiene sentido. – y como me había empezado a quedar sin argumentos recurrí al viejo y conocido recurso de la hora – Pero ahora ya es tarde y mañana hay que levantarse para ir a la colonia, así que ¡vamos-vamos-vamos! A la cama las dos, que ya se lavaron los dientes.

Nota mental (como solía decir Parker Lewis): la más grande de las nenas ya no es tan nena. Más me vale no volver a dejársela picando adelante del arco porque por más que esta vez pude atajar los dos puntinazos que me tiró, el día menos pensado me manda un tiro con efecto al ángulo y me deja hablando pelotudeces.

Y así es como del jugo con galletitas Sonrisas para los reyes y el agua con pasto para los camellos, llegamos al agua con Criollitas para los reyes y solo un plato de agua para los camellos. Bueno, la esperanza que me queda es que el año que viene posiblemente la menor también sepa cómo viene el tema y dejemos de lado toda esta hipocresía, y se acuesten sabiendo que a la mañana van a tener sus regalos al pie del árbol y delante de sus calzados pero solo por tradición. ¡Qué Reyes ni que ocho cuartos!

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