#Escribiendo sobre lo que no puedo #escribir

Llevo toda la tarde dándole vueltas a la idea de escribir alguna entrada de blog decente, pero no logro dar con un tema al que esté dispuesto a darle forma hoy. Yo no escribo para vivir. Escribo porque me gusta hacerlo, al menos de tanto en tanto. Debe ser por eso que cuando trato de forzarme a escribir no me sale. Es como sentarse a cagar sin tener ganas. Por más fuerza que hagas no va a salir nada, y si no desistís a tiempo, vas a terminar con las piernas dormidas y un zumbido en los oídos por haber hecho fuerza como un pelotudo durante diez minutos. Una analogía hermosa, lo sé.

Contrariamente a lo de hoy, a veces de la nada me cae un tema a la cabeza, y si no estoy delante de la máquina entonces lo que hago es agregarlo en un archivo de notas que tengo en el teléfono, cuya finalidad es justamente la de permitirme apuntar las entradas de blog sobre las que puedo llegar a escribir más adelante. En esa lista actualmente tengo siete temas. Siete. Pero hoy no encontré particularmente interesante escribir sobre ninguno de ellos. Y ponerme a escribir sobre un tema que no me surge, sencillamente no tiene sentido. ¿Por qué? Porque lo que resulte va a ser una mierda. Simple y llanamente una bosta.

Los temas que tengo anotados por el momento son:

- Minecraft
- un buen tipo
- los dibujitos
- preguntas boludas
- y no voló la caldera de pedo
- lo que no te cuentan sobre ser padre
- en el lugar indicado y en el momento justo

No necesariamente voy a terminar escribiendo todas esas entradas de blog. Y las que sí escriba, no necesariamente van a llevar ese nombre (aunque la de la caldera seguramente sí).

Algunas entradas de blog simplemente cayeron en el momento en que me senté delante del teclado. Pero otras tienen un tiempo mucho más extenso de decantación. Como los vinos, ¿entendés? Tengo que dejar que llegue su momento. Para que se den una idea, la entrada de blog de los pantalones tardé como cuatro meses en escribirla desde el momento en que la anoté en la lista hasta el momento en que me puse a tipearla. No es que las retenga porque las piense y les de forma conforme pase el tiempo. Es que si no escribo sobre algo, es porque no es su momento, y por el mismo motivo tampoco pienso en ello. La entrada del Fiat 600 por ejemplo estuvo abarrotada en algún lado de mi cabeza durante un tiempo. Un par de veces pensé en agregarla a la lista y no lo hice. Hasta que finalmente la agregué. Pero de ese momento al día en que me senté a darle forma, pasaron como dos o tres meses.

Así funciona para mí. No me sirve darle forma a la idea anticipadamente. Tengo que sentarme y dejar que fluya. Que salga por sí sola. Que caiga en la pantalla de la manera en que deba hacerlo en ese momento… porque ese es su momento.

Ya les conté anteriormente que hace un tiempo escribí algo que por su extensión y por su estructura y forma, podría ser considerado una novela. Bueno, esa novela la empecé a escribir de la nada un día de 1995, y durante un breve período de tiempo tipeé algunos pocos capítulos hasta que también de la nada, la dejé varada, olvidada. Pensé en volver a ella varias veces pero sabía que me iba a demandar tiempo y esfuerzo, y optaba por dejarla para otro momento. Hasta que en el 2002 me encontré sin laburo, recién casado y sin un carajo que hacer mientras esperaba que alguien llamara en respuesta a los quichicientos currículums que había estado mandando. Y ahí encontré la salida para mantenerme focalizado en algo. Centrado. Ocupando el tiempo para no hacerme la cabeza. Entonces me puse como meta escribir una cierta cantidad mínima de palabras todos los días: dos mil palabras. Y eso es lo que tenía que escribir todos los días. Equivale a unas cuatro páginas. Ninguna locura. Y en poco más de dos meses la terminé completa. Fueron treinta y un capítulos. Y después la corregí completa. Dos veces.

Entonces empecé una segunda novela (por así llamarla también). Por lo que es el relato en sí mismo, sé que son doce capítulos. Ni uno más, ni uno menos. Doce. Y llegué a terminar el quinto y paré. Porque necesitaba salir de esa jaula en la que me estaba metiendo todos los días para poder escribir. Necesitaba a como diera lugar conseguir un laburo que pagara las cuentas porque me estaba fumando todos los ahorros y en breve ya no iba a tener más ahorros que seguir fumándome. Y entonces iba a estar recontra cagado. Así que tenía que parar, y lo hice.

Me forcé empezar una actividad ayudando a un amigo con su emprendimiento, que luego derivó en la SRL que fundamos y más adelante vendimos. Y en medio de eso volví a ser un trabajador en relación de dependencia. Y la segunda novela siguió en su cajón. Y de eso hace trece años... meses más, meses menos. Y es el día de hoy que la segunda novela continúa encajonada.

Alguno se preguntará: ¿pero cómo es que decís que estuviste toda la tarde para escribir algo porque no podés forzarte a escribir, y al mismo tiempo contás que en una época te forzabas a escribir cuatro páginas por día? Es que son cosas diferentes. Cuando me forzaba a escribir, estaba escribiendo una historia. Tenía los personajes en la cabeza, entonces era solo cosa de sentarme y empezar a descubrir lo que hacían, lo que pensaban, lo que les pasaba. Porque si bien tenía una idea muy general de la trama, y tenía muy claro cuál iba a ser el desenlace, la realidad es que fui descubriendo el desarrollo de la historia día a día, cada vez que por sí sola la historia salía a través de mis dedos.

Pero escribir una historia con personajes es muy diferente a este sitio. Porque acá escribo sobre mí, y cada entrada es una historia en sí misma y, en reglas generales, independiente del resto. Hay excepciones, si, OK, pero en general es así.

¿Y a donde quiero llegar? A que no pude encontrar algo decente sobre lo que escribir y me tuve que contentar con escribir justamente sobre eso: sobre lo que no pude escribir.

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