El loquito de las heladeras | @CocaColaAr

Hace dos o tres meses que Coca-Cola está vendiendo las botellas personalizadas. En realidad arrancaron hace como un año y medio vendiendo botellas y latas con nombres y apodos. En aquella época me emputecí para poder conseguir la botella con el nombre de mi señora, y lo mejor que logré conseguir fue una lata con un lastimero “Ro”, en lugar de algo que dijera “Romina”. Seamos sinceros, “Ro” puede ser tanto Romina, como Roberto, Romualdo, Rosaura, Rodrigo o Rotisería.

Bue, el tiempo pasó y estos muchachos volvieron a la carga con otra promo… solo que esta vez cuadruplicaron la apuesta: nombres, apodos, apellidos y parentescos. Ahora te venden las botellas grandes (de 1 litro y pico en adelante) con apellidos. Las botellas de 600 cc con nombres y también con parentescos, invitándote a que compartas esa Coca Cola con tu esposa, tu novio, tu hermana, el pata de lana, el que te aceita los patines, el que te llena la cocina de humo, etc. Y por las dudas en las latas ponen apodos, o mejor dicho abreviaciones de nombres.

Cuando salió la promo al principio me chupó un huevo, y como estaba seguro que no iba a conseguir mi apellido (que por cierto tuve razón), fui sacándole fotos a algunas de las botellas grandes que veía en los supermercados y que tenían el apellido de amigos, conocidos y compañeros de laburo. Acto seguido, les mandaba la foto por WhatsApp (tampoco daba para andar comprando botellas a lo pavote). A mi primo y a mi tío sí les compré la botella con su apellido porque encima de pedo que la tenían en el supermercado chino donde iba siempre. Y también aproveché a comprársela a un flaco con el que laburo, pero fue porque justo tenía que comprar una Coca Zero y dio la puta casualidad que había una botella de Zero con su apellido.

También compré algunas botellitas de 600 para algunos familiares. Y se dio que pudiera encontrar las botellas con el nombre “Romina” (en lugar de un patético “Ro”), y con el nombre de la más grande de mis nenas. Hasta pude encontrar la botellita con mi propio nombre. El tema es que todavía no pude encontrar la botellita con el nombre de la más chica de mis nenas. Y obviamente, si no consigo la botella con el nombre de las dos, no le puedo dar la botella a una sola.

Así fue que casi sin darme cuenta empecé a mirar para adentro de los kioscos mientras caminaba por las veredas de Buenos Aires. Poco a poco comencé a fisgonear al paso y a la lejanía, en los recónditos y húmedos interiores de las heladeritas con puerta de vidrio, tratando de distinguir las letras más con azar que con certeza. Pero eso no me bastó. De golpe me encontré buscando la excusa de comprar un Beldent para entrar en los kioscos, y mientras el kiosquero buscaba el cambio para los chicles que acababa de comprar, yo de querusa medio que me daba vuelta para pispear la heladera, haciéndome el boludo como si en realidad estuviera mirando que la mampostería no se estuviera por desprender.

Pero no. La puta madre no. No pude encontrar la puta botellita. Y la concha de la lora. Así que tuve que cambiar la táctica y dejar de lado las apariencias. Ahora directamente entro en los kioscos, me paro delante de las heladeritas y miro, miro y miro. Busco en las botellas que tienen el nombre de frente, y para las que están medio de tres cuartos perfil, como que tuerzo la cabeza como un perro que no entiende muy bien lo que es el ruido de ese pedo que acabás de tirarte. Con ver las primeras o las últimas letras ya me alcanza. Pero sigo sin encontrar la botella que me falta. Y entonces salgo del kiosco sin comprar, desanimado y caliente como una pava a la vez.

Lo peor es que todos los mediodías que salgo a comprarme algo para almorzar voy al mismo restaurant chino de venta por peso. Y en las cuatro cuadras que camino entre ida y vuelta, siempre entro en los mismos seis kioscos. Camino hasta las heladeras y me paro prudencialmente a un metro, para que el kiosquero no crea que estoy tratando de chorearme una botella. Y desde esa distancia investigo las heladeras, buscando entre las latas y botellas de Coca, Coca Zero, Coca Light, Coca Life, Coca la puta que te parió.

Todavía no llegué al punto de abrir la heladera y empezar a dar vuelta todas las latas y botellas como para ver lo que dicen las que están al fondo. No es que no quiera, solo que no tengo ganas de terminar con un ojo en compota porque un kiosquero hinchado las pelotas de los boludos que hacen eso, descargue todas sus frustraciones justo conmigo. Pero por momentos me dan ganas de abrir la heladera y empezar a sacar latas y botellas, leerlas y tirar por sobre mi hombro todas las que no digan el nombre de la menor de mis nenas (que seguramente serían todas las latas y botellas).

A ver, yo entiendo que a los kiosqueros les rompa las pelotas todo esto, pero le podrían poner un poco más de onda los hijos de puta y acomodar las botellas de manera que los nombres queden para adelante. No es mucho pedir muchachos. Si de todos modos ponerlas de una u otra manera les genera el mismo esfuerzo. ¿Qué mierda les cuesta ponerle un mínimo de pilas al tema de acomodar las botellas como para que los mamertos como yo que deambulamos buscando “la figurita difícil” de las putas botellas de Coca, podamos despejar nuestras dudas con un solo vistazo detrás del vidrio?

Cuestión que eso es lo que vengo haciendo los mediodías... todos los cornudos mediodías: buscar en las heladeras de los kioscos de la cercanía. A los kiosqueros ya ni los miro porque no quiero cruzarme con sus miradas inquisidoras que me miran como diciendo: “¿Otra vez vos por acá pibe? Yo creo que dentro de poco se va a dar una de estas dos opciones: o bien empiezo a ver pegada en las vidrieras de los kioscos una foto mía con una leyenda del tipo “Sujeto sospechoso”, o bien se empieza a gestar la leyenda de “el loquito de las heladeras”. Después de todo, casi todo barrio tiene su loquito, así que ¿por qué no habría de tenerlo San Nicolás?

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