Disculpe la molestia #Capitán, pero yo me bajaba en el #aeropuerto anterior | Parte II

Para los que no hayan leído la Parte I de esta anécdota, les recomiendo ir a leerla ahora antes de seguir con esta entrada de blog. ¿Listo? Sigamos entonces desde el final de la primera parte: Así que verifiqué que el cinturón estuviera bien abrochado (cosa bastante obvia siendo que me había dormido en cuanto el avión se había estabilizado después del despegue), y dediqué los siguientes minutos a mirar por la ventana y esperar a que pudiera preguntarle a la azafata qué corno había pasado con el aeropuerto de San Luis, porque ese era mi destino.

Después de que el avión aterrizó, nos desabrochamos los cinturones y cada uno empezó a buscar en las gavetas superiores su mochila, bolso, cartera, etc. Yo estaba como en la mitad del avión así que tuve que ser paciente hasta que poco a poco empezamos a caminar todos en fila india hacia la parte delantera como para salir.

A medida que me voy acercando la veo a la azafata parada con los brazos medio cruzados hacia arriba sobre el pecho (como si estuviera abrazando un osito de peluche), agradeciendo a cada pasajero que salía con un “gracias por volar con nosotros” acompañado de una sonrisa Colgate amplia como la del gato de Cheshire (el de Alicia en el país de las maravillas).

Cuando llego hasta ella, justo en el momento en que me estaba por agradecer por volar con ellos le digo:

- Disculpame, yo iba a San Luis.

Entonces la amplia sonrisa cambió de golpe. Se le desencajó la mandíbula en una “O” estirada hacia abajo y se puso blanca como un papel secante. Es el día de hoy que no entiendo por qué se puso así, si de todos modos el que estaba en el destino equivocado era yo y no ella.

- ¡ERA USTED! – me dijo casi en tono inquisidor - ¡Seis veces lo llamamos por lo menos! No podíamos retrasar más el vuelo y tuvimos que despegar, ¡pero lo llamamos muchas veces por los parlantes! ¡¿No escuchó?!
- Eh… no, tengo el sueño un poco pesado – le contesté sabiendo que la excusa, si bien válida era malísima – ¿Y ahora? – le pregunté, casi de manera retórica
- El avión ahora sigue para Buenos Aires con los pasajeros que van a Buenos Aires, junto con los que están en San Rafael aguardando para ir a ese destino también.
- Ah… claro…
- Pero usted no puede seguir en este avión – no se lo quise decir, pero su respuesta fue casi tan pelotuda como mi pregunta
- No, ya lo sé. Además yo necesito ir a San Luis.
- Va a tener que preguntar en el aeropuerto, pero no hay vuelos de San Rafael a San Luis. El único vuelo es este, que hace Buenos Aires San Luis, San Luis San Rafael, San Rafael Buenos Aires.
Bueno, gracias – le dije y me bajé del avión sin prestar atención a si se quedó con esa cara de conejo mirando las luces del auto que se le viene encima

Y de esa manera me encontré a mí mismo en el aeropuerto de un lugar a donde no iba, a casi 300 kilómetros de mi destino y a casi 1.000 de Buenos Aires, con reuniones y laburo ya programado en San Luis, sin la menor idea de cómo iba a llegar allá y, para rematarlo, sin señal en el Nextel que tenía en aquella época. De hecho, tenía 2 Nextel: el que me daban en el laburo y el mío personal que usaba para el emprendimiento que teníamos con un amigo en aquellos tiempos: una empresa de servicios informáticos.

Lo primero que hice fue intentar averiguar como hacía para llegar a mi destino original. Una alternativa era esperar a un micro que salía a eso de las dos de la tarde. El tema es que entre el viaje y demás, iba a perder todo el día y yo tenía previsto estar en San Luis por apenas dos días, así que perder un día completo no era una opción válida. La segunda alternativa me la dieron en el mostrador de informes:

- Se puede averiguar si alguien del aeroclub está dispuesto a llevarlo hasta San Luis. Sería un vuelo privado, y habría que ver cuánto le cobran – me dice la mina del mostrador
- No tengo muchas otras alternativas. ¿Me podrás averiguar?
- Sí, deme unos minutos por favor.
- Tengo tiempo.

Entonces dediqué esos minutos de espera a avisar lo que me había pasado… que es una forma muy delicada de decir: a contar lo pelotudo que acababa de ser. Fui al kiosco del aeropuerto y le pedí cambio de diez mangos en monedas. Tengan en cuenta que estamos hablando del año 2005, y en aquel tiempo tan lejano se podían usar monedas para llamadas de larga distancia todavía.

Yo no lo sabía, pero al aeropuerto de San Luis me había ido a buscar un remís. Cuando terminaron de bajar todos los pasajeros del vuelo y nadie se hizo cargo del nombre en el cartelito que sostenía el remisero, el tipo avisó a la remisería, que a su vez le avisó a la gente de la empresa en San Luis, que a su vez le avisó a la gente de la empresa en Buenos Aires, quienes por supuesto, llamaron a mi casa para averiguar por qué yo no había ido a San Luis. Así, y entendiendo el ataque de histeria del otro lado de la línea, dejé que llovieran las preguntas en un caso como este:

- ¿Cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Qué te pasó? ¿Estás bien? ¿Por qué no llamaste antes? ¿No hay señal de celular allá? ¿Cómo que te quedaste dormido? ¿Cómo puede ser que nadie te despertó? ¿Me estás diciendo en serio? ¿Sabías que me llamaron de la empresa para saber de vos? ¿Avisaste en la empresa? ¿Seguro que estás bien? ¿No me mentís? ¿Fue eso lo que pasó, o pasó algo más y no me querés contar? ¿Te pueden echar por esto? ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Y cómo tenés pensado viajar hasta allá? ¿Cómo que en un vuelo privado? ¿De dónde vas a conseguir un avión particular? ¿Y cómo lo vas a pagar? ¿Cuándo vas a volver a llamar? ¿Vas a estar bien? ¿Necesitás algo? ¿Hola, me escuchás?

… y traté de responderlas lo más rápido y sintéticamente que pude:

- Bien. En San Rafael, Mendoza. Me quedé dormido en el avión y seguí de largo. Si. Porque no tengo señal. No. Eh… cerré los ojos, supongo. Intentaron despertarme llamándome por los parlantes del avión pero no me enteré. Si, en serio. No sabía pero me estoy enterando ahora. No, ¿podrás avisar vos por favor? Sí, seguro. No, no te miento. ¿Te parece poco? Espero que no. Voy a tratar de llegar a San Luis como sea. Estoy viendo si consigo un vuelo privado. Si, con una avioneta particular que pueda y quiera llevarme. Del aeroclub. No tengo idea todavía. Cuando llegue a San Luis te aviso. Si. No. Mierda, se cortó…

Para cuando volví al mostrador de informes la mina ya había conseguido alguien que estaba dispuesto a llevarme.

- No le va a cobrar por llevarlo, pero usted va a tener que pagar el combustible de la ida y de la vuelta.
- OK – le dije sabiendo que no tenía muchas más alternativas, y esperando a que cuando me dijera el precio del combustible mi siguiente pregunta no fuera si sabía de algún lugar donde compraran órganos a buen precio – ¿Y cuánto sería lo de la nafta del avión entonces?
- Serían setecientos cincuenta pesos.

Esto fue hace diez años, así que para ponerlos en contexto, si asumimos que la inflación real en el 2005 era, digamos, del veinte por ciento anual y vamos haciendo una escalada hasta llegar a un treinta y tres por ciento a hoy (por poner un número), esos setecientos cincuenta mangos equivaldrían a… ¿ocho lucas? Ponele que sí, luca más, luca menos.

- ¿Se puede pagar con tarjeta?
- Sí, no hay problema.
- ¿En pagos?
- Solo uno.
- Bueno, que sea en uno entonces.

Más tarde ya estando en San Luis hablé con mi jefe y aproveché para preguntarle si había alguna posibilidad de que la empresa me pagase el costo de la avioneta. Me contestó lo que yo ya sabía: que iba a ser muy complicado justificarlo. O sea que me la tuve que comer doblada y asumir que el chistecito me iba a salir bastante caro.

Termina en la Parte III

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