Choque y vuelco en la #AULAPLATA, Parte IV (última)

Nota inicial: Quienes no hayan leído la Parte I, la Parte II y la Parte III, vayan, lean eso primero y después vuelvan. Ahora sí, seguimos a partir de “¿Y yo? Yo me quedé parado como un idiota bajo de la lluvia mirando el espectáculo. Estaba regalado, como se podrán imaginar”…

La idea fue brillante. Tras el estallido de la ventanilla, el conductor calzó la parte de la grúa que se suele usar para levantar el auto de las ruedas y dio vuelta el 205 como si fuera una bolsa de ropa mojada. En cuanto el auto volvió a caer sobre sus cuatro ruedas y la grúa se alejó un par de metros, el acompañante vino corriendo en seguida para meter medio cuerpo por la ventanilla del lado izquierdo para apagar el motor. Yo hice lo mismo pero por la ventanilla del lado derecho (que se había roto con el peso del auto al volcar) para agarrar el atado de Parisiennes. El flaco se me quedó mirando y automáticamente decidió que mejor era ignorarme. Sabia decisión.

¿Que siguió? Empujaron el auto entre ambos mientras yo maniobraba el volante para dejarlo enfilado de manera que la grúa pudiera agarrarlo de las ruedas delanteras, para que esa suerte de tenedor de dos puntas que tenía la grúa pudiera ser usado para lo que de hecho estaba pensado y diseñado: remolcar un auto. Una vez el 205 estuvo en una ubicación adecuada el conductor puso la grúa adelante, lo levantó y lo aseguró. Para ese momento yo ya me había terminado el cigarrillo y estaba en la cabina de la grúa.

Fuimos hasta el peaje. Estábamos más cerca de lo que yo pensaba. O al menos eso me pareció. Pasamos las barreras y fuimos hacia el sector de la derecha, donde hay unas cocheras con toldos (seguramente para el personal de la autopista) y un sector para detención de otros vehículos. Bajaron el auto, desengancharon la grúa. Nos saludamos. Me desearon suerte (supongo que para cumplir con las normas de cortesía y buenas costumbres) y se fueron.

Ahora tenía que llamarlo a mi Viejo para pedirle que me viniera a buscar porque acababa de enseñarle al auto a hacerse el muertito como si fuera un perro.

Fui a la parte de oficinas, y aunque todavía no estaban atendiendo al público, me dejaron pasar para que pudiera llamar por teléfono. En esa época yo todavía no tenía celular. En vez de eso me había comprado un pager Skytel modelo Advisor. Los celulares eran caros y a mí me parecía que los pagers eran aparatos mucho más prácticos. Si, lo sé… todo un visionario.

Cuando llamé me atendió mi Vieja.

- Vieja, pasame con el Viejo.
- ¿Qué pasó?
- Nada. Pasame con el Viejo.

De más está decir que no me creyó ni ahí. Al toque mi Viejo agarró el teléfono…

- ¿Qué pasó?
- Choqué con el auto en la autopista. No me pasó nada pero necesito que me vengas a buscar porque el auto no anda.
- ¿Vos estás bien?
- Si.
- ¿Dónde estás?
- En el peaje de Dock Sud.
- Salgo para allá.

Mientras esperaba a que viniera mi Viejo, me pareció que correspondía que avisara en el laburo que iba a estar llegando un poco más tarde. El único teléfono que tenía encima era el de El Ingeniero Ripoll (así lo conocíamos todos). El Ingeniero era el Administrador Sr. de Oracle de la compañía. Un fenómeno. No viene al caso, pero pasó por lo menos un año desde que lo conocí hasta que me enteré que era Ingeniero Agrónomo.

Me estoy yendo por las ramas, así que volviendo al tema, lo llamé al Ingeniero y me atendió el contestador. El mensaje que le dejé no puedo asegurar que sea textualmente el que sigue, pero de seguro que se parece bastante:

- Hola Marcelo, cuando escuches este mensaje avisale a Simón que voy a llegar un poco más tarde al laburo porque choqué con el auto en la autopista mientras iba para allá. Yo estoy bien, el auto no. Te mando un abrazo.

Simón era nuestro Jefe (así, con mayúscula). Y así es como yo lo llamé mientras trabajé en la empresa, e incluso como seguí llamándolo después de haber dejado de trabajar ahí. Un tipo al que respeté muchísimo, y de quien aprendí muchos valores. Un grosso el Jefe. Siempre lo traté de “usted”, pero eso no quitó que tuviéramos charlas del estilo...

- Usted es un mendocino mal parido.
- Pendejo, ¡me estás faltando el respeto!
- Para nada. Si lo estoy tratando de “usted” es justamente porque lo respeto.

Un grande Simón. Es una verdadera mierda que un cáncer choto se lo haya llevado.

Y otra vez me fui por las ramas. Volviendo al tema… terminé los llamados y me fui hasta el auto. Ya no llovía. Lloviznaba muy fino pero no llovía. No tenía muchas alternativas más que esperar y fumar.

No sé cuánto tardó mi Viejo en venir, pero casi que tardó menos que la grúa. Si no fuera que lo vi llegar con el auto, diría que se teletransportó. Tampoco pudo haber viajado en el tiempo porque no tenía un DeLorean. Pasó el peaje y fue directo hasta donde estaba el 205, que se lo veía a lo lejos porque era el único coche blanquito parado sobre la derecha pasando el peaje, después de todos los toldos donde estacionan los autos.

Como yo estaba esperando debajo de un toldo y a medio camino entre el peaje y el Peugeot, al bajarse del auto mi Viejo vio primero al auto. Cuando me vio caminando hacia él, vino trotando. Tiempo después me dijo que en ese momento no podía creer como es que había dado vuelta el auto de esa manera sin hacerme un solo rasguño. Además, este era el segundo coche que hacía mierda. El primero fue un Fiat Spazio 147 que metí abajo de un colectivo. Si, bueno… en otra oportunidad quizás les cuente esa historia también. Pero por ahora sigo con esta.

No había mucho que hacer. El auto estaba hecho mierda. Yo había chochado solo, no estaba lastimado y no había lastimado a nadie. Así que mi Viejo me alcanzó hasta la oficina y siguió camino hacia su laburo.

Durante el día hablé con él y me dijo que él había mandado a buscar el auto. En el laburo no podían creer lo que me había pasado, y menos todavía que hubiera ido a la oficina después de eso. Pero la verdad es que no tenía nada yo. A lo sumo estaba al borde del resfrío por todo lo que me había mojado, pero nada más.

A la tarde/noche la pasé a buscar a mi novia, que hoy en día es mi esposa, la mujera a la que amo y la madre de mis dos hijas. Lo primero que le llamó la atención fue que no hubiera ido con el coche, así que recién ahí le conté lo que había pasado. Primero no me creyó, y cuando empezó a creerme me quería reventar porque durante todo el día no le había dicho nada. Mi lógica era simple: ¿le iba a contar todo eso por teléfono? No solo iba a estar como 10 minutos explicándole todo, sino que además no iba a creer que no me hubiera pasado nada y por ende hubiera estado todo el día preocupada. Aun así no la pude convencer de que la mejor decisión había sido la de no contarle nada antes. Con los días se le fue pasando el enojo.

El auto se lo terminó quedando la compañía de seguro, que pagó destrucción total. En realidad no estaba taaaan hecho pelota, pero en esa misma autopista unos meses atrás mi hermana también se la había pegado ella sola (por suerte tampoco se hizo nada). Iba apurada al bautismo del nene de una amiga de ella y calculó mal la velocidad en la que entró en la curva que hace el empalme de la AULAPLATA con la autopista a Ezeiza a la altura donde pasa por encima de Paseo Colón. Parecería ser que lo de hacer mierda los autos era un tema de familia, porque mi Viejo cuando era joven se la puso con el Falcon que tenía por andar con pocos frenos. Lo hizo arreglar y en la misma mañana que lo sacó del taller de chapa y pintura, por no llevarlo a arreglar los frenos, se la volvió a poner.

Mi hermana le había pegado por todos lados al auto, y con el tortazo que le puse yo después, como que ya no había mucho arreglo posible para la estructura del pobre 205.

Bueno, espero no haberlos aburrido con esta historia por capítulos. Esta última parte me parece que se hizo un poco más larga que las anteriores, pero no daba para cortarla y hacer una quinta parte.

Como dije más arriba, en una de esas más adelante les cuento de la vez que me metí abajo de un colectivo con el 147. Esa vez me llegaron a dar por muerto por radio. Pero como dijo Mark Twain, quien a su vez fue citado por Steve Jobs: “Los rumores acerca de mi muerte han sido exagerados”.

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