¿Tengo un #doble y un #triple o sencillamente una #CaraFácil?

Esto de escribir un blog está bueno y es raro al mismo tiempo. Y lo digo porque a veces me pasan cosas, y ese mismo día las tipeo y las publico. Y otras veces me guardo historias viejas archivadas en algún rincón, hasta que un día las saco, las desempolvo un poco y terminan viendo la luz después de meses de haber estado archivadas esperando a que les llegue su momento. Pero otras veces simplemente me acuerdo de cosas que no tenía previsto contar, no porque no quisiera sino simplemente porque no me las acordaba. Este es uno de esos casos en que por una situación que se dio en el laburo, me volví acordar de esta historia que estoy tranquilo y sentado delante de la máquina, aprovecho para contar.

Hace como veinte años atrás un verano fuimos con Rodrigo, un amigo, a la costa a pasar una semana de vacaciones. Nosotros nos fuimos a comienzos de la semana y para el fin de semana iban a caer otros amigos más. En aquella época mis Viejos tenían un departamento de dos ambientes en Mar del Plata, en la zona de Punta Mogotes, y lógicamente ahí es donde paramos.

Estando de vacaciones en la costa, la lógica era que saliéramos todas las noches. Como dirían los gringos: “¡Duh!”, que equivale a decir “¡Pero mirá la pelotudés que estás diciendo!”. Así que la primera noches salimos a dar una vuelta y sobre la Av. Colón vimos un lugar que tenía pinta de ser un pubcito piola y había bastante gente esperando para entrar, así que estacionamos el auto y nos mandamos a la fila. Cuando llegamos hasta el patovica de la puerta, el flaco nos saluda como si nos conociéramos ya. “Buena onda el pato”, pensamos nosotros y entramos. Como el lugar ese estaba bueno, a la noche siguiente nos pareció que daba para ir de nuevo. Entonces nos ponemos en la fila y el pato nos ve, y me hace señas para que nos acerquemos. Vamos caminando con cara de ganadores por supuesto, y el flaco nos saluda de nuevo como si nos conociéramos ya:

- ¿Cómo andan chicos, todo bien?
- Si, todo OK – le digo yo
- Pasen, no hace falta que esperen en la fila – y entonces ya me sonó rara la cosa… y yo no me iba a quedar con la duda
- Perdoná pero, ¿nosotros nos conocemos?
- Claro. Vos sos amigo de mi primo.
- Ah… ¿y tu primo como se llama? – no es que yo desconfiara, pero si yo era amigo de su primo, alguna vez tenía que haberlo visto a él en algún lugar, y posta que el flaco no me sonaba ni remotamente familiar
Mi primo es %NOMBRE% – me dice el pato, pero yo no conocía a nadie con ese nombre
- Eh… mmmmno – le digo, bordeando el sincericidio y sabiendo que me estaba jugando que el flaco nos mandara a la fila de nuevo en el mejor de los casos, y que no nos dejara pasar en el peor de los casos – ¿De dónde es tu primo?
- De acá de Mar del Plata.
- Mirá, todo bien, pero no lo conozco a tu primo. Además, yo soy de Buenos Aires, no soy de acá
- ¿En serio? Qué bárbaro. Porque sos igual a este flaco que yo digo.
- ¿Es de acá el flaco también? ¿De Mar del Plata?
- No, él es de San Bernardo, pero viene siempre para acá. Suele parar en Sobremonte.
- Bueno, no soy él.
- No importa. Todo bien igual. Pasen chicos.

Por las dudas esa fue la última noche que fuimos a ese pubcito. No tenía ganas de tener que darle explicaciones a nadie sobre cualquier cosa que este otro flaco hubiera hecho. Porque si al patovica le había resultado tan parecido, podía haber más gente que me confundiera con él. Y el tiempo me terminó dando la razón en más de una oportunidad.

Sin ir más lejos, ese fin de semana cuando vinieron los otros flacos que tenían previsto venir, nos fuimos a Sobremonte. Claro, yo no me di cuenta en el momento porque no había retenido lo que me dijo el patovica, pero donde terminamos yendo fue justamente el boliche donde él me dijo que solía ir este flaco tan parecido a mí.

La cosa es que llegamos, entramos, nos pedimos un trago, y nos quedamos a un costado. Entonces uno de los flacos, que era bastante tímido (no es que yo no lo sea, pero este me ganaba), hace un comentario de una mina que estaba por ahí.

- ¿Te va? ¡Andá a encarártela!
- No – me dice – recién llegamos. Estoy frío – típica excusa… así que le digo
- ¿Frío? ¡Dejate de joder! Dale, vamos que yo te hago el aguante con la amiga – y sin esperar que me conteste medio que me lo llevé a los empujones para donde estaban las dos minas

Enfilo entonces para la amiga de la que le había gustado al flaco este, una morochita chiquitita, y le digo la primera peloutdés que se me ocurre. Y juro que aunque me acordase, no la repetiría en estas líneas porque de seguro que era una gansada. La cosa es que la mina se caga de risa y se me queda mirando con una sonrisa en la cara. Sabiendo que fuera lo que fuese que le acababa de decir, decididamente no era algo taaaan gracioso, le digo:

- Lo que te acabo de decir no fue tan gracioso como para que te rías así – si, lo sé, nuevamente sincericidio a pleno de mi parte…
- Me río porque vos ya me viniste a hablar.
- ¿Yo? No puede ser. Acabo de llegar con mis amigos.
- Me viniste a hablar hace menos de diez minutos – me dice la morochita, y entonces de golpe me acuerdo lo que me había dicho el patovica, y me doy cuenta de que el boliche del que era habitué el pibe este era justamente el mismo boliche donde estábamos
- Ahhh…. no, ya sé… lo que pasa es que hay un flaco que es de San Bernardo que para acá en Mar del Plata, y que es igual a mí por lo que me contaron. Justo esta semana fuimos… – entonces me doy cuenta de que la mina me estaba mirando con cara de “flaco, ¿en serio me vas a venir con esa forrada?”, y miro al costado y veo que la amiga, la que el otro flaco se tenía que encarar, estaba sola… yo creo que el flaco le pidió la hora y se fue, porque sinó no se me ocurre como pudo haber rebotado tan rápido – Dejá, no importa – le digo, y me rajo

La verdad es que no tenía sentido explicarle lo inexplicable. Mirá que el mundo es un pañuelo, ¿no? O sea, estábamos ambos en el mismo lugar al mismo tiempo. Lo que quizás se pregunten es: ¿te lo cruzaste al flaco? Lamentablemente no. Venía bastante mal dormido esa semana, y después de apenas un par de tragos terminé prácticamente desmayado en unos sillones del boliche.

Pero ahí no termina la cosa. Al año siguiente mi amigo Rodrigo estaba saliendo con una mina de Barracas, que se fue ese verano con los padres a veranear a San Bernardo. Un día lo llama y le dice:

- ¿La novia de tu amigo es morocha? – para ese entonces yo ya había empezado a salir con Romi
- No, – le dice Rodrigo – es rubia.
- ¿Seguro?
- Sí, estoy bastante seguro.
- ¿Y sabés si él vino a veranear a la costa?
- No. Lo vi ayer.
- Porque en la playa donde paramos nosotros, hay un chico con una morocha, y es igual a él.

Tercera vez que alguien nos confundía. Y no fue la última, porque al año siguiente nos fuimos con Romi a pasar una semana en la costa, también en el departamento de mis Viejos. Una noche nos fuimos a tomar algo a un barcito de la calle Alem, y si bien yo no me di cuenta al principio, Romi me hizo notar que la moza nos miraba mucho. Pero mucho. Incluso cuando le trajo a Romi la 7up, se la dejó como el orto… y no se la tiró encima de pedo.

- ¿Será que conoce a tu doble? – me dice Romi, divertida
- No lo sé, pero parecería que sí. Por las dudas, tomate rápido la 7up y vámonos a la mierda porque no tengo ganas de que te tiren encima un café caliente o que me vengan a cagar a trompadas sólo porque la moza me confundió con este otro flaco

Quizás el flaco salía con una amiga de la moza… vaya uno a saber, ¿no? Y esa fue la cuarta y última vez que supe de él. Cuatro veces en tres veranos. Las siguientes veces que fui a la costa no me crucé con nadie que me haya mirado como si ya nos conociéramos… o al menos no que me haya dado cuenta.

Y todo esto me vino a la mente porque el otro día vienen unos compañeros de laburo de comprarse el almuerzo y me dicen:

- ¡Acabamos de ver a tu doble!
- ¿Posta?
- Si, en 333. Estábamos esperando para comprar y había un flaco que era igualito a vos.
- Bueno, lo que pasa es que todos los que no tenemos pelo nos parecemos – le digo yo, teniendo presente la manera en la que incluso algunos bebés me miran desencajados como preguntándose “¿¿y cuando yo crezca voy a llegar a ser como ESO??”
- No, este flaco en serio era igual a vos. Es más, le queríamos sacar una foto pero en un momento como que se dio cuenta de que lo estábamos mirando mucho así que nos tuvimos que hacer los boludos

Obviamente las posibilidades de que el flaco de la costa esté ahora en el microcentro son muy bajas. Incluso es posible que sea un flaco que labura en un banco por la zona que yo vi alguna vez, y que se parece a mí pero con un poco más de gimnasio encima. Pero de todos modos en la época en la que ya me confundían con el flaco de la costa yo todavía no me afeitaba la cabeza. Así que todo esto me hace preguntarme si no será que tengo una cara demasiado fácil che…

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Marcá el cuadro de abajo para seguir.