¿Que tengo en la mano en este momento?

El otro día había una parejita hablando, ambos sentados en la parecita de una casa. No es que se estuvieran matando o retorciéndose en posiciones que a una persona mayor pudieran provocarle contusiones, sino que literalmente estaban charlando. Y al verlos me acordé de aquellas épocas en las que uno también hacía eso de sentarse a hablar… a llenar el tiempo. Porque si bien hay momentos en los que podés tener cosas para decir, hay otros casos en los que no tenés la más puta idea de qué carajo decir para llenar el silencio. Si, bueno, en los momentos de contorsionimo no hay silencios incomodos que llenar, pero cuando uno ya tiene que dedicarse a otra cosa porque sinó después el dolor de huevos va a ser tan fuerte que vas a terminar doblado al medio, es entonces esos momentos en que hay que buscar nuevos temas de conversación.

Y mucho peor es lo que pasa con las conversaciones telefónicas. Yo soy de la época en la que no había celulares. Seguramente hoy con el tema del WhatsApp lo que antes era una conversación telefónica de media hora o cuarenta minutos, ahora sea una sesión de chat una hora y media, o incluso de varias horas. Porque cuando uno habla por teléfono puede hacer un par de otras cosas, como mirar la tele con el volumen bajo para que la chica al otro lado no se dé cuenta de que en realidad le estas dando la mitad de la pelota. Pero durante una conversación de WhatsApp uno puede tranquilamente hacer casi cualquier cosa que se le ocurra excepto pegarse una ducha... aunque con Siri o Google Now hasta eso podría hacerse. Así es que hoy podés estar chateando con tu novia y al mismo tiempo organizando con los amigos ir a tomar unas cervezas, mirando la tele y hasta jugando alguna que otra partidita de Crossy Road. ¿Y quien mierda lo va a saber? Mientras que no la dejes colgada durante demasiado tiempo, podes hacer multi tasking a lo pavote.

De hecho ella va a hacerlo, y mucho mejor que vos. Porque nosotros somos básicos. Hacemos una cosa por vez. Pero ellas pueden estar chateando con 2 grupos de amigas, además de con 3 o 4 de esas mismas amigas pero en forma individual (opinando sobre las otras del chat grupal), leyendo Facebook, viendo la tele, escuchando música, ojeando una revista, mirando en AliExpress las imitaciones de carteras que ya no pueden comprarse por las restricciones a las importaciones, y pintándose las uñas de los pies (las de las manos no porque de hecho las necesitan para poder hacer todo lo que dije antes).

Pero antes no era así. En la era pre-celular las comunicaciones eran por teléfono. Llegabas a tu casa después de haber pasado la tarde con tu novia, mirabas un poco de tele o escuchabas algo de música, cenabas, y después hablabas de nuevo con ella, pero esta vez por teléfono. La pregunta era: ¿de qué carajo podías hablar siendo que venías de estar toda la tarde con ella? Bueno, los primeros minutos se iban contándole como habías viajado, lo que habías hecho después de llegar, y qué es lo que habías cenado. Pero después había que ponerse verdaderamente creativo. Porque por más que uno trataba de dejar que ella llevara adelante la conversación, en un momento te decía algo del estilo:

Bueno, pero contame algo vos ahora.

Y ahí cagabas, y corrías el riesgo de quedar a contrapierna como un boludo. Así que tenías que improvisar algún tema sobre la marcha. Y no tenía que ser un gran tema. Ni siquiera tenía que ser algo inteligente. Simplemente tenía que ser algo. Cualquier cosa que no fuera el silencio.

Yo me acuerdo que en un día de vacío imaginativo mientras hablaba con quien hoy en día es la madre de mis dos hermosas hijas, salí al ruedo con algo que poco a poco fui usando como un recurso habitual, hasta que sin darnos cuenta terminó siendo casi una constante más que una excepción en nuestras charlas telefónicas. Pero antes de que les cuente de qué trataba el juego, los pongo en contexto...

En la casa de mis viejos mi habitación y la de mi hermana era lo que originalmente fue el techo de la casa, y sobre el que muchos años después de comprarla mis Viejos pudieron hacer un techo de tejas y que quedara un ambiente adicional ahí arriba. En esa suerte de monoambiente se construyó también un toilette muy chico, con bacha, inodoro y bidet. Y el lugar para moverse quedó de algo así como un metro cuadrado. Es tan chiquito que la puerta tuvo que ser corrediza para que no se morfe todo el espacio al abrirse. Entonces yo me encerraba en el baño a hablar. Primero con un teléfono que tenía un cable como de 6 metros de largo (para poder llevarlo y traerlo con libertad de movimiento), y con el tiempo con un teléfono inalámbrico.

Entonces en la privacidad del toilette, yo tenía estas largas charlas con Romi, muchas de ellas como dije antes, incluso cuando venía de haber estado toda la tarde con ella. Entonces en un momento de desesperación surgió el juego de "¿Que tengo en la mano en este momento?" Sí, les juro que es posta lo que digo. Y el juego consistía en que ella tratara de adivinar lo que yo tenía en la mano mientras hablaba con ella. En reglas generales el objeto en cuestión era algo que buscaba en el momento de adentro del vanitory. Y algunas otras pocas veces era algo que tenía en el bolsillo, como una moneda o un boleto de colectivo (en esa época también el chofer te daba el boleto cuando subías al bondi).

Años después me volví a acordar de este juego cuando Mex Urtizberea en Magazine For Fai hacía la pregunta de “¿Qué tengo en la mano, Bellini?” como parte del sketch de El Mentalista.

Y así, entre preguntas de ella que apuntaban a ir adivinando lo que yo tenía en la mano, y algunos otros temas que pudieran ir surgiendo mientras no adivinara, pasaban tranquilamente 20 o 25 minutos sin que uno se diera cuenta.

Pero hoy todo eso ya no pasaría, porque parafraseando al tema de Bruce Woolley And The Camera Club, que a fines de los 90s versionaron The Presidents of the United States of America, WhatsApp killed the telephone stars.

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