¿Mandás #chistes por @WhatsApp? Mejor #WhatsappeameEsta

Ayer venía en el colectivo y en el grupo de WhatsApp que tenemos con los chicos estaban mandando chistes en video. Yo los borro sin verlos. Pero no solo los videos que mandan ellos. No-no. Borro TODO lo que me mandan que pinte ser un video, una imagen, o un chiste en cualquier tipo de formato. Tengo el WhatsApp configurado para que no me guarde de manera automática las fotos o videos que me manden. Y con el grupo de los chicos siempre me pasa lo mismo: yo borro lo que uno manda y el resto empieza a hacer comentarios del tipo “jajajja”, “moooy bueno!!” o manda las manitos aplaudiendo. Eso no me genera curiosidad respecto de lo que borré, porque lo borré sabiendo que no me interesaba verlo, pero hoy me di cuenta de que evidentemente soy el único de los siete que hace eso. Y me puse a pensar en que esto que hago no es nuevo, sino que viene de hace tiempo.

Ya en la época en la que los smartphones no existían, la gente solía mandar chistes y pelotudeces varias por email. Cuando llegaban las fiestas por ejemplo, muchos tenían la brillante idea de mandar PowerPoints infumables para los cuales tenías que clickear con el mouse quichicientas veces para pasar todas las transiciones (porque el hijo de puta que lo había hecho se había encargado de hacer que cada palabra apareciera después de un click de mouse). Encima el archivo generalmente te lo mandaban en formato .PPS, o sea que se te ejecutaba en pantalla completa (bien para romper las guinda). Y encima cualquiera de esas bostas no baja de 1 MB de tamaño, que en esa época era una barbaridad. Siendo yo administrador de servidores allá por el 2000 (y siendo por asociación el mono con navaja que administraba el servicio de correo electrónico de una gran empresa de energía que no he de normbrar), llegadas las fiestas puse un límite de 500 KB a los adjuntos de los emails que venían de fuera de la empresa. Que se cagaran los pelotudos que mandaban esas forradas, a mí no me iban a hacer laburar en las fiestas recauchutando un servidor de correo por culpa de todos esos idiotas. Después ya a mediados de enero (por las dudas que alguno todavía siguiera mandando esa mierda aún unos días después de las fiestas) saqué esa limitación temporal. ¿Alguien se quejó? No. ¿Alguien se enteró? Tampoco.

Esos fueron los tiempos en los que empecé a borrar automáticamente los emails que me mandaban a la casilla labora con cualquier tipo de adjunto que supusiera ser un chiste. Poco después empecé a borrar los emails que me mandaban con chistes tipeados que tuvieran más que un par de párrafos… después los que tuvieran más que un par de líneas.. y al final pasé a borrarlos directamente. ¿Para qué tomarme el laburo de clasificarlos entre “borrar” o “leer”? Mucho más simple era usar por defecto la opción “borrar”.

¿Qué siguió? Empecé a hacer lo mismo con mis casillas de email particulares. Sin ir más lejos, mi Viejo y el Viejo de Romi lo primero que empezaron a hacer cuando tuvieron dirección de correo fue, cada uno por su lado, empezar a reenviarme todas los emails con chistes, PowerPoints, imágenes, y pelotudeces varias que les llegaban. Entonces cuando nos veíamos en algún momento de la charla me preguntaban:

- Ah, ¿viste el email que te mandé con lo del chiste del colectivero y el taxista?
- No, lo borré.
- ¿Se te borró?
- No, lo borré.
- ¿Lo borraste por error? Te lo mando de nuevo.
- No, lo borré adrede. No leo ese tipo de emails.

Y entonces se generaba un silencio incómodo… bueno, no para mí, pero incómodo al fin. Este tipo de situaciones se repitieron unas pocas veces hasta que mi Viejo, el Viejo y los hermanos de Romi, y mis compañeros de laburo dejaron de mandarme pelotudeces por email.

Creo que el peor caso fue el de Romi. Las primeras veces que me mandó email con chistes, se dieron charlas similares a la de más arriba. Entonces después empezó a mandarme los emails con un asunto del tipo “NO LO BORRES, LEELO QUE ESTÁ BUENO”. ¿Qué hacía yo ante eso? Por supuesto, borrarlo sin leerlo. Una vez llegamos a mantener una conversación por mensajero (SMS en aquella época) muy parecida a la siguiente:

- Te mandé un mail para que leas. No lo borres que está bueno.
- Sí, me llegó. Lo borré.
- ¿Lo leíste?
- No, lo borré.
- Pero te puse en el título que no lo borres.
- Si, ya sé. Lo borré.
- Bueno, ahora te lo mando de nuevo. No lo borres. Leélo. – y al rato me mandaba otro mensaje que decía ¿Te llegó?
- Si, lo borré.
- ¿Sin leerlo? ¿Me estás diciendo en serio?
- Si. No me lo mandes de nuevo porque lo voy a borrar. Después me lo contás en todo caso.

¿Van entendiendo ahora por qué nos separamos? Claaaaro… el flaco no tiene todos los patitos en fila laugh

Pero así fue como el SPAM de mis propios contactos fue disminuyendo paulatinamente hasta llegar a un mínimo fácilmente manejable. Pero entonces vinieron los mensajitos de texto, y nunca faltaba algún desquiciado que en la época de los SMS te mandara una cadena del gauchito gil o alguna gansada por el estilo (con todo respeto para los que creen en eso, pero a mí me chupa un huevo). Pero con el tiempo los que hacían eso se empezaron a dar cuenta de que no era negocio pagar por reenviar una cadena “a al menos 10 de tus contactos dentro de los próximos 5 minutos de recibido este mensaje para que se cumplan todos tus deseos”. Así que poco a poco otra vez la cosa empezó a calmarse… hasta que llegó WhatsApp.

Claro, con el WhatsApp por más que la gente no tenía un plan de Internet ilimitado, cuando llegaba a la casa y se conectaba al Wi-Fi, se convertía en un repetidor de todas las pelotudeces recibidas. Y con el paso del tiempo fue todavía peor, porque la gente empezó a tener planes con límites más altos en la transferencia de datos, entonces empezaron a mandar toda esa bosta desde el colectivo, el subte, y hasta desde la escalera mecánica del shopping.

Algo que rescatar en medio de todo esto: Facebook. Si, gracias Facebook por hacer tu aporte bajando la carga de todas estas boludeces. Porque muchos ahora re-publican en sus muros las gansadas que leen en los muros de los otros. Lo bueno de Facebook es que vos te metés en Facebook para leer esas boludeces, como un acto consciente. No estás haciendo cualquier otra cosa y de golpe te llega un WhatsApp con un video de casi cinco minutos con “las caídas más graciosas”. Muchachos… eso lo pasaba Tinelli en la época en la que su programa se llamaba Video Match y hablaban de deportes todavía…

Pero para que vean hasta qué punto llego con mi aversión por los mensajes “graciosos”: hace unos pocos meses mi abuela cumplió 90 años (si, noventa) y lo festejó en un saloncito/pelotero. Para que nadie tuviera que preocuparse por llevar la cámara, mi hermana contrató un fotógrafo aficionado. Entonces poco después del cumple creó un grupo de WhatsApp llamado familia para mandar algunas muestras de las fotos. Hasta ahí todo bien. Pero claro, después el grupo quedó, y si bien en una oportunidad sirvió para avisar del horario de un cumple que se festejaba, después… ¿adivinen para que lo empezaron a usar? Si, para mandar videítos, fotos, audios y chistes de al menos dos o tres “páginas” de celular. Así como llegaban yo los borraba sin leerlos. Pero un día me hinché los huevos, y en cuanto llegó un mensaje que decía algo de un ciempiés, y tenía un ciempiés hecho en caracteres ASCII que ocupaba más de lo que llegaba a ver en pantalla, no aguanté más y me salí del grupo familia de WhatsApp. Simple.

Y para cerrar con lo del WhatsApp: ¿quién fue el imbécil en el equipo de WhatsApp que propuso la idea de incorporar mensajes de audio? Me recontracago en el pelotudo que tuvo esa brillante idea. A ver, tengo un Smartphone, no un walkie-talkie. ¿Querés mandarme un WhatsApp? Mandalo que lo leo y te contesto. ¿Querés hablarme? Llamame y charlamos. ¿Querés mandarme un WhatsApp pero no querés tipear? Activá el dictado por voz (Siri, Google Now, Cortana, lo que sea) y hablale al teléfono que a mí después me llega como para que lo pueda leer. Pero no me mandes un mensajito de audio por WhatsApp. No solo no lo voy a escuchar sino que además lo voy a borrar directamente. Entonces pasa que ahora los diálogos son del estilo:

- Che, no me contestaste el mensaje que te mandé el otro día por WhatsApp.
- ¿No?
- No, te mandé un audio y no me contestaste nunca.
- Ah, no, los borro.
- ¿Qué cosa borrás?
- Los mensajes de audio de WhatsApp.
- ¿Pero si era importante?
- Me hubieras llamado o me hubieras mandado un mensaje tipeado al ver que no te cotestaba el audio. ¿O me equivoco?

No sé por qué, pero no suelen mirarme con buena cara cuando se dan estas conversaciones.

Ah, y en general tampoco atiendo el teléfono de línea cuando suena porque para eso está el contestador automático. A veces hago excepciones dependiendo del día y el horario, pero suelo no atender.

Me pregunto cómo se podría clasificar todo esto. Porque claramente no es un TOC, y lo sé porque de esos tengo unos cuantos, y los conozco, y los acepto (incluso ya hablé sobre ellos en esta entrada de blog). Tampoco es un tic (como me dijo en joda Javier hoy en la charla posterior que se dio en el grupo de WhatsApp). ¿Una costumbre? Mmmmno. ¿Un capricho? Tampoco. ¿Una tara? Eeeeeso puede ser. No digo que lo sea, pero quien sabe, en una de esas sí.

De paso les dejo unas capturas de pantalla del teléfono con la conversación de WhatsApp que disparó esta entrada de blog.

 

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Marcá el cuadro de abajo para seguir.